ISLANDIA (11): DE ASCENSIONES AL CIELO Y FRAILECILLOS PESCADORES


Martes, 04/08/09: EGILSSTADIR - EGILSSTADIR
Tal y como se anunciaba, fuera llovía y las nubes bajas acariciaban las montañas de los alrededores. La rutina diaria del viaje obligaba a comprar provisiones cada cierto tiempo, ya que no podíamos estar sin nuestros queridos sandwiches de queso con esa salsa indescriptible, mitad mayonesa, mitad tártara. Así que no nos quedó otro remedio que comenzar el día con una visita al supermercado más cercano.

El plan del día nos retornaría a Egilsstadir a dormir, tras visitar los fiordos del este de Islandia. Comenzamos por Seydisfjordur, importante puerto marítimo, y por tanto nexo de unión con el resto del continente europeo. La carretera que llega hasta allí asciende hasta los 400 metros de altura para salvar las montañas que forman el fiordo. No parece una gran altura, pero el ascenso nos metía más y más entre las nubes bajas. Durante la ascensión me di cuenta que el turbo volvía a fallar, y ya no funcionó durante todo el resto del viaje. Descanse en paz. Ahora disponía de un enorme trozo de lata de casi dos toneladas con menos de 60 caballos de potencia, así que tendríamos que tomarnos las cosas con calma, visto el interés que le ponía nuestra agencia de alquiler de coches. Las pendientes de la carretera comenzaron a ser un tormento. El Pathfinder no hacía más que buscar desesperadamente la marcha más adecuada, y a duras penas la encontraba. Marcha para arriba, marcha para abajo, cada vez estábamos más inmersos en la espesa niebla, que ya nos rodeaba por completo, dejando inútiles nuestros esfuerzos por divisar algo del paisaje a través de las ventanillas. Tal como acabó la penosa ascensión, comenzó la bajada, ahora con el motor del Nissan algo más desahogado. Después de unas cuantas curvas cerradas, pudimos divisar algo del paisaje casi yermo.


Finalmente llegamos hasta Seydisfjordur, un pequeño acúmulo de casitas de colores desperdigadas a duras penas formando calles, y donde lo que más llamaba la atención era el gran ferry con bandera danesa atracado en su pequeño puerto. Visitamos la coqueta iglesia, a juego con las casitas. Por unas estrechas escaleras de madera se podía subir al piso superior, al lado del moderno órgano de tubos, desde donde se tenía una peculiar visión de conjunto. Aprovechando una ligera tregua de la fina lluvia, dimos una vuelta curioseando las diferentes casas y los pequeños jardines donde al parecer es moda tener grandes camas elásticas para el regocijo incontrolado de los niños islandeses.

Nuevamente en el coche, intentamos llegar al inicio del fiordo, a un lugar llamado Skalanes donde pensamos que podría haber diferentes colonias de aves. Una pista bastante mala llegaba a un parking que nos dejaba a 800 metros del destino. Había comenzado a llover nuevamente, y nadie nos aseguraba la presencia de frailecillos , por lo que desistimos del intento y dimos media vuelta.


El siguiente punto de interés era el fiordo de Borgarfjordur, para lo que tuvimos que retornar a Egilsstadir y tomar otra carretera, de similares características que la anterior, y que presentaba el mismo problema de nieblas pasada cierta altura. Además la pista era de tierra (más bien barro), por lo que se extremaron las precauciones, aunque a la velocidad que nos permitía el no-turbo tampoco hacía excesiva falta extremar las precauciones. No había repostado al inicio del día, cosa recomendable en todo viaje que discurra por parajes despoblados, por lo que era importante encontrar una gasolinera al final del trayecto. Esta vez tuvimos suerte y así fue; bajo la incesante lluvia pudimos repostar el gran depósito del Pathfinder.

Una vez recorrido el diminuto enclave humano, nos dirigimos al minúsculo puerto de pescadores sin ninguna finalidad concreta. La gran sorpresa fue encontrar una colonia de frailecillos en unos acantilados cercanos. Arreciaba la lluvia, ahora con más fuerza si cabe, y las condiciones para fotografiarlos no eran las idóneas, pero pasamos un buen rato ahora metidos en el coche, ahora empapándonos con la lluvia, intentando captar las mejores instantáneas. Poder ver a uno de ellos con el pico repleto de minúsculos peces recién pescados fue una agradable experiencia, a pesar de que la foto pertinente no pasará a los anales de la fotografía. El bicho estuvo bastante rato posando, impasible... sin quitarnos ojo y sin soltar su preciado manjar. Comenzamos a pensar que estaba puesto allí de reclamo para ingenuos turistas como nosotros.


Después de la larga sesión de fotos con los puffins (que así se llaman en inglés), retornamos a Egilsstadir, nos cambiamos de ropa (no pensaba yo que los pantalones de chubasquero fueran tan imprescindibles en Islandia), y fuimos a mirar algunas tiendas del pueblo. Encontramos solamente dos tiendas, al lado de un supermercado, así que acabamos rápido. Intentamos cenar en el “Café Nilsson”, que parecía ser el mejor restaurante de la ciudad (y casi el único... verdaderamente escasa la oferta para la ciudad más importante de los territorios del Este). Después de una larga búsqueda (más larga que la rapidísima sesión de tiendas) finalmente lo encontramos, pero parece que todo el pueblo se concentraba allí, ya que estaba hasta los topes. Acabamos cenando en una especie de burger en una gasolinera cercana viendo los Simpson, en una imagen más propia de la América profunda (o del propio Springfield) que de la aventurera Islandia.

ISLANDIA (10): DE CASCADAS ENORMES Y TURBOS ROTOS


Lunes, 03/08/09: BREIDDALSVÍK - EGILSSTADIR

Donde ayer había montañas y un fiordo que serpenteaba entre ellas, hoy solamente existe el recuerdo. Las nubes bajas no nos dejan adivinar más allá que el inicio de las elegantes montañas que rodean Breiddalsvík.

Bordeamos el fiordo adentrándonos bastantes kilómetros en la isla, hasta que el mar se convirtió en ría y luego en río. Algo más allá se disfrazó de pequeño lago de aguas tranquilas, casi muertas, tan inmóviles que servían de espejo perfecto a las montañas que seguían tímidas tras algunas nubes ya más altas. Continuamos hasta el lago Lagarfljot, uno de los más grandes de Islandia, con más de 30 kilómetros de largo. Extrañamente su fondo se encuentra a varios metros bajo el nivel del mar.

A orillas del lago se encuentra Hallormstadir, quizá uno de los pocos bosques de toda Islandia. Es por eso que sale en todas las guías, ya que hay pocos árboles en Islandia. Pero si estás acostumbrado a los bosques europeos, quizá no vale la pena la visita. Así que continuamos rodeando el lago hasta atravesarlo, ya casi en su punta más occidental, por un puente que llevaba directamete al parking de las cataratas Hengifoss, una de las más altas de la isla. Desde el pequeño aparcamiento comienzan unas escaleras metálicas que se tornan un sendero que asciende con ganas por la ladera de la montaña. Tras unos minutos se llega a la primera parada obligada del pequeño trekking: la espectacular Litlanesfoss, cascada circundada por imponentes columnas de basalto, que enmarcan el salto de agua. Son más grandes que las más famosas Svartifoss que visitamos hace unos días, y las columnas de basalto aparecen por todas partes. Pero no tienen la simetría y el encanto de ésta. Aún así, la visión de Litlanesfoss es espectacular, imposible cansarse de ver cataratas en Islandia.


Seguimos el sendero, cada vez menos empinado, salvando algunos riachuelos rodeados de hierba y musgo. Rodeamos un recodo del camino que te deposita en una planicie, desde donde ves allí a lo lejos el tremendo anfiteatro de tierra rojiza veteada desde donde caen las aguas bravas de la catarata Hengifoss. Más de 110 metros de espectacular caída. El poder de la naturaleza nuevamente ante tus ojos, casi como si de un documental se tratara. Es tan grande y tan majestuosa que hasta vista desde lejos impresiona. Existe la posibilidad de acercarse más a la catarata, pero quizá la visión de conjunto que se obtiene desde este punto es más espectacular.

Desandamos el trekking, y ya en el coche seguimos camino hacia el oeste, ascendiendo al acabar el valle por empinadas carreteras con zigzagueantes curvas. Una vez en lo alto, una meseta completamente plana, yerma y sin vida nos espera. Estamos a unos 700 metros de altura, suficiente como para que el frío islandés a estas alturas arrase con todo. Piedras, bancos de nieve... es lo único que se aprecia. Tal y como avanzamos por la pista, algunas montañas nevadas van quedando atrás, hasta pasar incluso por la base del volcán Snaefell, de 1833 metros. A esta altura, toda la capa de nubes quedó por debajo, allá en el valle. Los cielos completamente azules contrastan con el negro de sus rocas y el blanco de sus manchas nevadas, como si insinuara ser el una orca o negativo de una vaca.

Algo más de una hora de pista nos lleva justo a los pies del glaciar Vatnajökull, que ya hemos visitado casi desde todos los ángulos., siendo éste quizá el más espectacular. El glaciar comienza así, de repente, como sin pedir permiso. Acaban las rocas y el polvo y comienza la nieve y el hielo... puedes trazar una línea que los separe. Y más allá de esa línea, hasta donde te alcanza la vista, hielo... por todos lados. Tras un paseo con un gélido viento procedente de la impresionante masa de hielo, nos recogimos nuevamente en el Nissan, dispuestos a volver a la civilización.

Después de la comida de rigor compuesta principalmente por el sandwitch de todos los días, solamente quedaba desandar la pista, ahora a un ritmo algo más alegre. Tan alegre era el ritmo que acabó petando el turbo del Pathfinder. Pérdida de potencia y un alarmante chivato amarillo en el tablier lo confirmaron. No creía que ese iconito con forma de motor pudiera llegar a encenderse nunca excepto cuando enciendes el coche... pero ahora no quería apagarse. Como en los ordenadores, intenté revivir el turbo apagando y encendiendo el Nissan, como si un “reset” le fuera a devolver a la vida. Asombrosamente el turbo volvió a funcionar, pero solamente fue un espejismo que duró unos pocos metros. Chivato rojo y poquísima potencia, así transitamos los 60 kilómetros que nos separaban de Egilsstadir, donde finalizaba la etapa del día.

Intentamos ponernos en contacto con la casa de alquiler de coches, situada en el coqueto aeropuerto de la población. Obviamente no había nadie en las oficinas, y por teléfono nos confirmaron que nos esperarían allí a la mañana siguiente, aunque nos anuncia que no disponen de ningún coche de sustitución. Mala cosa. Mientras, fuimos a limpiar el coche, para que no se notara mucho el tute fuera pistas que lleva. En esas que después del remojón con agua fría -la mayoría de gasolineras disponen de ese servicio de lavado gratuito- el turbo volvió a funcionar y el chivato amarillo finalmente se apagó. Así que decidimos no acudir a la cita con el hombre de la empresa de alquiler de coches, espero no arrepentirme mañana. Ahora solamente queda cenar en el hotel, preguntar por la lavandería y descansar hasta la próxima aventura.

ISLANDIA (9): DE HIELOS FLOTANTES Y PESCADORES INTRÉPIDOS


Domingo, 02/08/09: KIRKJUBAEJARKLAUSTUR - BREIDDALSVÍK

El día amaneció completamente despejado por primera vez. Ni una sola nube cubría un cielo que según dicen es de los más limpios del planeta. Nada amenazaba en el horizonte el espléndido y soleado día, al menos de momento, porque las previsiones daban nubes y lluvias algo más al este, precisamente hacia donde nos dirigíamos.

Volvimos a coger la carretera del Parque Nacional de Skaftafell. A unos pocos kilómetros de él detuvimos el Pathfinder en el arcén y aprovechamos los magníficos cielos azules para volver a fotografiarlo, a los pies de un inmenso charco que reflejaba la inmensidad de las lenguas de hielo de una manera majestuosa.

Proseguimos por la carretera circunvalar (la llamada Circle Road o N1) sobrepasando la entrada a Skaftafell y rodeando el glaciar Vatnajökull por su parte sur. Estaba deseoso de llegar hasta una de las joyas de Islandia, y quizá para mí uno de los lugares más impresionantes en los que he estado: el lago Jökulsárlón. En este tranquilo lago, situado a pocos centenares de metros de la costa islandesa, deshiela una de las lenguas del glaciar Vatnajökull, dejando un interminable reguero de grandes icebergs en él.


Paramos unos pocos kilómetros antes, en otro pequeño lago, menos conocido, donde la presencia de icebergs quizá sea bastante más pobre, pero desde donde se pueden observar las imponentes vistas de todo el frente del glaciar, con sus perpetuos hielos azules. Ansioso de fotografiar esta maravilla, no reparé que el cielo se había tornado gris plomizo, confirmando las previsiones meteorológicas de la mañana.

Minutos después proseguimos hacia el verdadero Jökulsárlón, que se esconde tímidamente de la carretera detrás de una pequeñas colinas, para salvar así la mirada curiosa de los conductores. Mientras iba subiendo la pequeña loma me intentaba imaginar lo que se encontraba detrás, y a pesar de haberlo visto en cientos de fotos e incluso en alguna película de James Bond, la sensación que me produjo verlo en directo sobrepasa la descripción más realista que pueda plasmar aquí. Quietud extrema, silencio... Inmensidad helada, quieta... Hielos azules, blancos y negros se alternaban en un caos gigantesco que llenaba todo mi campo visual.

Afortunadamente, y no sé si debido al mal tiempo o que no era la hora para ello, no divisamos ninguna de las pequeñas lanchas que llevan a los turistas a través de los hielos flotantes. Y es que le hubiera quitado bastante magia al lugar, completamente en silencio, prácticamente sin turistas a la vista -los márgenes del lago son tan extensos que es difícil coincidir con otros visitantes-.


Fue una agradable caminata en el borde del lago, donde pudimos observar algunos charranes árticos pescando en las gélidas aguas, en medio de la quietud de las aguas y del silencio glaciar, solamente roto por los chillidos de las aves. Sin lugar a dudas, uno de los más bellos parajes de Islandia.

Los enormes icebergs, cuando se desprenden de la lengua del glaciar, son negruzcos y sucios en su superficie, debido fundamentalmente al depósito de ceniza volcánica -hasta aquí la isla nos recuerda su origen volcánico-. En su deambular por el lago, la parte sumergida del hielo va derritiéndose hasta que, flotando en un delicado equilibrio, el peso de la parte al aire es tan grande que el iceberg se da la vuelta con un fuerte estruendo. Es entonces cuando cambia de vestuario y luce un blanco perfecto, fruto del intercambio entre la parte sumergida -ahora ya limpia de cenizas- y la superior. Blanco y negro... aire y agua... arriba y abajo... En definitiva, Ying y Yang en estado puro.


El frío en Jökulsárlón era intenso. Nubes grisáceas, fina lluvia y algo de viento comenzaba a ser la tónica predominante. Continuamos por la N1 iniciando la visita a los Fiordos del Este. La carretera bordea las idas y venidas del océano adentrándose en la isla, o la isla adentrándose en el océano... al tercer fiordo dejas de tener claro lo que entra y lo que sale... Pasamos Djupivogur, pequeña población donde fotografiamos una interesante casa-almacén del siglo XVIII. Seguía lloviendo, y seguimos nuestro camino hacia Breiddalsvík, esquivando algún que otra oveja por el camino. Curiosamente, las ovejas en esta época del año van siempre de tres en tres... la madre y sus dos crías, que ya estaban bastante creciditas. Así que si ves una oveja que se cruza en tu camino... ya puedes ir frenando que lo más seguro es que vengan dos más...

Breiddalsvík es un pequeño pueblo de pescadores situado a orillas de uno de los fiordos. El Blafell es un acogedor hotel con una coqueta sala de lectura, un salón de juegos y un comedor sobrio y casi soviético, donde cenamos prácticamente en solitario. Hoy ha sido un día de grabar cosas en la memoria, tanto de la tarjeta como de mi cabeza.

ISLANDIA (8): DE ÓRGANOS DE PIEDRA, HIELO E IGLESIAS DIMINUTAS


Sábado, 01/08/09: KIRKJUBAEJARKLAUSTUR - KIRKJUBAEJARKLAUSTUR
Comienza agosto. Puede que no sea así en realidad, pero es el mes que yo asocio más con el calor del verano. Pero el verano parece haberse olvidado de visitar esta remota isla. A pesar de todo, las temperaturas durante este viaje estás siendo lo suficientemente suaves como para que un polar y el gore-tex nos den el suficiente confort para disfrutar de la belleza natural del país.
A unos 60 kilómetros de Kirkjubaejarklaustur se encuentra el Parque Nacional de Skaftafell, lugar donde admirar el gigantesco glaciar Vatnajökull, o al menos alguna de sus numerosas lenguas de glaciar que bajan de su cumbre. Las imágenes del glaciar son espectaculares mientras te aproximas. Una gran planicie se extiende pocos kilómetros antes de llegar, formada por el aluvión de agua y barro que descendieron del glaciar en la última erupción de alguno de sus volcanes, allá por 1996. Un pequeño parking al lado de la carretera contiene unos paneles explicativos sobre lo que supuso esa erupción. 
Iniciamos primero una agradable excursión hasta la catarata Svartifoss, una de las más populares de Islandia por sus espectaculares columnas basálticas. La ruta parte de un concurrido camping a los pies del centro de información, y durante no más de una hora, va ascendiendo y serpenteando por el sotobosque cercano. Islandia es un país con pocos bosques y árboles, debido a la los rápidos ciclos de construcción-destrucción que impone la actividad volcánica, así como el extremismo de su climatología. El bosque de arbustos que atravesamos seguramente era la primera masa forestal -y casi la única- de todo el viaje.
A lo lejos se distingue una gran hondonada, y el GPS me indica que esa es la localización de Svartifoss a la que se llega por un pequeño camino de descenso, mientras comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. La catarata es más pequeña de lo que me imaginaba, pero su pequeño tamaño -comparado con otras cataratas que ya hemos visto- no le resta ni un ápice de belleza. La columnas basálticas le confieren esa singularidad que la diferencia del resto. Se asemeja a un gran órgano de iglesia que cuelga de las paredes de la montaña, mientras el agua del deshielo resbala entre sus tubos brillantes.
Comienza a llover con más intensidad, pero nos quedamos en Svartifoss haciendo fotos, ya que el lugar merece unas buenas tomas y la poca luz y la lluvia no ayudan mucho. Un paseo entre las columnas y casi por detrás de la estrecha columna de agua sirve para darse cuenta del verdadero tamaño de las agujas basálticas. El regreso al camping lo realizamos por otro camino, y llegamos al coche verdaderamente empapados.
Repusimos fuerzas a base del manido sandwich, nos secamos en el coche en la medida de lo posible, y aprovechando que había cesado la lluvia, comenzamos a caminar en sentido contrario, hacia la lengua del glaciar. Desde lejos las tres lenguas que descendían de las blancas cumbres le daban a Skaftafell un aspecto imponente. Por un nada complicado camino se accede a un pequeño lago donde deshiela una de las lenguas del grandioso glaciar Vatnajökull. Sinceramente, no me pareció tan espectacular como pensaba. Aunque no llovía continuábamos mojados, y la temperatura comenzaba a bajar rápidamente al acercarnos al hielo, cosa que seguramente influyó en la impresión recibida. El blanco inmaculado se torna sucio al acercarse a la tierra volcánica. Las cenizas de erupciones pasadas -la última data de 1996- hacen que muchos de los hielos de miles de años de antigüedad parezcan sucios y casi despreciables. Pero el conjunto es sublime. Los hielos descienden desde más allá de las nubes, serpenteando hasta acabar a nuestros pies, ocupando toda la extensión del hueco que existe entre las montañas. El día no daba para más alegrías, y aun sabiendo que desde la zona se organizan excursiones por encima del hielo, desistimos de buscarlas. Quizá es una actividad más propia para mañanas soleadas.
De regreso a nuestro hotel, hicimos uno de los mayores descubrimientos del viaje. Circulando en sentido oeste por la Nacional 1 -la carretera que circunda toda la isla- vimos a un lado, no excesivamente alejadas, un grupito de casas. Esta diminuta aldea estaba formada por los tres cobertizos, que conservaban la estructura típica de las casas islandesas, con el techo cubierto de turba y hierba. A su lado, una pequeñísima iglesia del siglo XVIII, donde no cabrían más de 5 personas. También tenía el tejado completamente cubierto de hierba, lo que le daba un extraño aspecto. Fuera, seguía lloviendo con cierta intensidad, lo que no impidió que rodeáramos la iglesia, descubriendo el también diminuto camposanto en su parte posterior, dando vida a un anciano árbol que cobijaba a todo el conjunto.
Como aún era pronto, decidimos ir a la aventura, adentrándonos 30 kilómetros en una pista hacia el interior de la isla, siempre sinónimo de territorio salvaje y misterioso. Nos condujo a un inmenso mar de lava, casi con toda seguridad provinente del Laki. Lástima que nos vamos acostumbrando a estos enormes y espectaculares paisajes, porque la sorpresa comienza a ser rutina en este viaje. Después de comprobar nuevamente que cualquier rincón de Islandia es una sopresa grata, volvimos al hotel, a pasar la última noche en Kirkjubaejarklaustur.

ISLANDIA (7): DE CAMPOS DE LAVA Y SUELOS DE IGLESIA


Viernes, 31/7/09: KIRKJUBAEJARKLAUSTUR - KIRKJUBAEJARKLAUSTUR

Asentados en el Hotel Laki de Kirkjubaejarklaustur, la idea era pasar el día con una tranquila ruta en 4x4 por la zona, adentrándonos unos 50 km hacia el interior de la isla. Circular hacia el centro de la isla significa encontrase pistas de tierra, y eso en Islandia suele ser sinónimo de aventuras. La ruta nos llevaría hasta el volcán Laki, que en el siglo XVIII causó uno de los mayores desastres en la isla, con más de 9000 muertos. Sus coladas de lava llegaron incluso hasta el mar, como pudimos comprobar en la carretera a pocos kilómetros de nuestro hotel: sin aviso ninguno, y de manera repentina, el paisaje circundante se torna en campos de lava de varios metros de altura, extendiéndose durante varios kilómetros.
Salimos del hotel y rápidamente nos desviamos de la carretera principal en dirección norte por unas pistas. Las verdes colinas, el suave ondulado y la tranquilidad reinante no presagian que a la vuelta de cualquier curva puedes encontrarte con la maravilla más insospechada. Y así nos pasó con Fagrifoss, una imponente cascada que apareció sin avisar. El paisaje de verdes valles y caóticos riachuelos rápidamente se torna, otra vez de manera brusca, en grandiosos mares de lava recubiertos de un verde y mullido musgo de varios centímetros de espesor. Así vamos avanzando durante bastantes kilómetros, observando cómo de aquí y de allá van surgiendo pequeños conos volcánicos como si fueran setas. El día era radiante, y los colores rojizos y verdosos se iban alternando. Después de unas dos horas de camino -a ritmo muy lento no por la dificultad de las pistas sino por ir disfrutando del paisaje- llegamos a una serie de conos volcánicos y una falla de proporciones mayores. En un pequeño parking dejamos el Pathfinder y comenzamos un recorrido a pie de pocas centenas de metros. Andando puedes admirar con más detenimiento las juguetonas formas de las rocas volcánicas y el magma solidificado. Por uno de los senderos bien señalizados , llegamos a entrar en uno de los cientos de cráteres de la zona, que estaba hendido por una brecha en uno de sus laterales, una experiencia de lo más recomendable. 

Tras una parada para nuestra habitual comida sandwitchera, proseguimos camino de vuelta rodeando el famoso volcán Laki. El volcán defrauda por sus formas, para nada lo que esperas de un volcán. Y es que es un tipo de volcán que no tiene el típico cono, sino que la lava se escapaba de sus entrañas a través de grandes fisuras. Sus coladas de lava, desde lo alto de un cerro ventoso donde subimos, se pueden observar en varias direcciones. Las que se extendían hacia el sur no nos sorprendieron, ya que han sido las que hemos atravesado para llegar hasta allí. Pero hacia el norte, allá donde alcanzaba la vista, la lava moldeaba el paisaje a su antojo. Allá al fondo, el imponente glaciar Vatnajokull, a la postre el mayor de la isla, rompía la monotonía de la lava con sus impresionantes hielos perpetuos.
Otra vez en Kirkjubaejarklaustur, a media tarde, visitamos la  llamada “KirkjuGolf”, o el “suelo de la iglesia”, una curiosa formación de hexagonales rocas basálticas que simula ser un perfecto enlosetado construido por el ser humano. No deja de ser curiosa por las formas perfectas de sus rocas, pero en realidad es bastante pequeño y no merece una visita ex-proceso. Pero para aprovechar la tarde tan agradable que teníamos -sol y casi calor- fue suficiente.
Después fuimos a una pequeña cascada de los alrededores cercana a un camping, donde los islandeses comenzaban a pasar ya su fin de semana. Decenas de familias en sus caravanas o en sus tiendas jugaban a bádminton, leían en la tranquilidad de una hamaca o comenzaban a calentar la barbacoa para la cena. Y finalmente al hotel. Para hacer hambre, dimos un pequeño paseo hasta un lago cercano, acompañados de varios cientos de mosquitos. Nos dedicamos a fabricar preciosas y románticas ondas en la superficie del agua a base de pedradas, una paradoja muy islandesa, donde la furia y la destrucción generan belleza. Los islandeses lo saben; no suelen quejarse de las incomodidades o peligros causados por desastres naturales, ya que son conscientes de que esa destrucción de la naturaleza les ha regalado ese país tan maravilloso. Mientras, el sol intentaba sin conseguirlo ocultarse por el horizonte. Un día tranquilo, para compensar las aventuras de los días anteriores.

ISLANDIA (6): DE MONTAÑAS DE COLORES, VOLCANES Y EXTRAÑOS PAISAJES



Jueves, 30/7/09: VÍK - KIRKJUBAEJARKLAUSTUR


El día de hoy promete ser de los más especiales del viaje. Nos adentraremos por primera vez algunos kilómetros hacia el interior de la isla hasta Landmannalaugar. Este es un territorio hostil, inaccesible la mayor parte del año, pero que alberga los mejores paisajes naturales de toda la isla. Inquietantes montañas volcánicas, ríos de lava extinguida, valles inaccesibles y un sinfín de excursiones posibles. El trayecto discurre por unas pistas bastante más fáciles que las de días anteriores -aunque sí bastante más largas-, pasando por infinidad de vadeos de ríos, algunos de ellos bastante grandes. Ya tenemos la experiencia del día anterior y esta vez intentamos -con éxito- no dejarnos el cárter en ninguno de ellos.
El paisaje va cambiando a medida te adentras en la isla. De las verdes colinas y planicies pasamos a las pequeñas montañas más escarpadas y a los pequeños valles surcados por cientos de arroyos. Serpenteantes pistas forestales suben por aquí y por allá, cruzan los arroyos una y otra vez en una especie de danza que entrecruza sus trayectorias.
Fue un momento mágico. Oímos de lejos el sonido de sus cascos sobre la tierra volcánica y paramos el coche a un lado de la pista. Una gran manada de elegantes caballos islandeses apareció galopando de detrás de una loma en dirección contraria a la nuestra. En la inmensidad de la nada, rodeados de tanta belleza paisajística realmente fue un broche de oro. Y el trayecto no había hecho más que comenzar.
Nos llevó algo más de hora y media llegar a Landmannalaugar, que se encuentra a unos 70 kilómetros de la civilización. Es llamada la tierra de los 1000 colores -o algo así- y no defrauda en absoluto. En el lugar únicamente hay un camping y un refugio, base de multitud de excursiones. No nos cruzamos con demasiada gente en todo el trayecto, pero pudimos observar que el camping acogía a bastantes huéspedes. Dejamos el Nissan en uno de los parkings de la entrada y nos dispusimos a iniciar la excursión que llevamos planeada. Nos llevará hasta la cima del volcán Blahnukur, a la postre la montaña más alta de los alrededores. 

El camping se encuentra a los pies de un inmenso mar de lava proveniente del volcán. Esa lengua de material retorcido y cubierto de musgo y líquenes tiene varios kilómetros de largo, alguno de ancho y unos 10 metros de alto. La primera parte de nuestra excursión consiste en cruzar este mar de lava por unos caminos convenientemente señalados. El sol se combina con negros nubarrones que hacen que los colores de las montañas adyacentes vayan cambiando como si de un caleidoscopio se tratara. Tras atravesar la lava, llegamos a unas grandes sulfataras en la ladera de la llamada “ola sulfurosa” - Breinnisteinsalda en islandés-, un acúmulo de pequeñas rocas rojas formada íntegramente por riolitos. Otra de las excursiones de la zona asciende hasta esta montaña, pero el Blahnukur que tenemos en frente es algo más alto y promete mejores vistas. Así que atravesamos otra colada de lava hasta llegar a un río de unos 10 metros de anchura, que nos separa de la falda del volcán. Desde allí, la visión del Blahnukur es fantástica. Una arista baja serpenteante hasta el propio caudal del río, y es la escalaremos para llegar a la cima. El río de aguas heladas es el primer escollo en nuestro camino. Sabemos que lo mejor es descalzarnos y pasarlo sin mojarnos el calzado, pero el lecho formado por rocas y la temperatura del agua no invitan a hacerlo así. Buscamos durante unos minutos el mejor lugar para vadearlo y confié en la estanqueidad de las botas para que no entrara excesiva agua. El agua llegaba a media pantorrilla, por lo que al final acabamos con los pies completamente empapados.  Además, en ese momento comenzó a llover de manera más copiosa, por lo que el tener los pies mojados ya no suponía un problema importante. 

A pesar que la traducción de Blahnukur significa “montaña azul”, las laderas del volcán presentan un aspecto completamente negro, compuestas por pequeñas piedrecitas volcánicas que no proporcionan mucha seguridad en el ascenso.  Y allí comenzó la verdadera ascensión a la cima del volcán Blahnukur, de 945 metros inmersos en una lluvia que cada vez era más copiosa, y que en algunos momentos se convirtió en granizo. Pero las vistas que se comenzaban a ver eran simplemente geniales, los paisajes más surrealistas y asombrosos que yo recuerdo. La naturaleza mostraba sus mejores galas, haciendo honor al nombre de la “tierra de los 1000 colores”. Montañas de diversos colores, que pasaban del negro al azul, del rojo al amarillo o al verde, coronadas muchas de ellas por una capa de blanca nieve. Al llegar a la cima pudimos observar con claridad la lengua de lava que se dirigía hasta el camping, el Breinnisteinsalda a nuestras espaldas, y la inmensidad de las montañas de diversos colores que se adentraban hacia el interior de la isla hasta donde alcanzaba nuestra vista. 
Bajamos empapados por la otra arista -de color verde esta vez- hasta el camping en un recorrido zigzagueante, de piedrecitas sueltas pero fáciles, mucho más fáciles que la arista de subida. En total fueron unas 4 horas de trekking que realmente merecieron la pena a pesar del remojón. Nos secarnos un poco y nos comimos nuestro típico sandwich del mediodía, mientras descansamos algunos minutos en el coche.  
Desde allí nos fuimos a ver el cercano cráter de Ljotipollur, que tiene 14 kilómetros de contorno con sus paredes de piedra de rojo intenso, en cuyo interior - a varias decenas de metros por debajo- alberga un gigantesco lago. Sorprendente. 
Retornamos en medio de la incesante lluvia por las mismas pistas y a en el Laki Hotel de Kirkjubaejarklaustur. El nombre del pueblo, seguramente con más letras que habitantes, no significa nada más que “lugar con iglesia, convento y granja”. Los locales, le llaman simplemente “Kirkju”. Allí nos quedaremos algunos días, que nos servirán para conocer la zona cercana al volcán Laki, y para descansar un poco. De momento nos acomodamos en el moderno y acogedor hotel -aún con alguna zona en construcción- para descansar de nuestra pequeña aventura.

ISLANDIA (5): DE CÁRTERES, VADEOS Y SOBRESALTOS




Miércoles, 29/7/09: VÍK - VÍK
No una sino varias eran las gotas de aceite que rezumaban del cárter de nuestro Pathfinder. La agradable comida en los acantilados de Dyrholaey casi se me atragantó cuando vi el gran charco negro bajo el coche. No presagiaba nada bueno. Pero esta historia comienza bastante antes, en la ducha de nuestra habitación del hotel Hofdabrekka.
Y es que la primera ducha con olor a huevos podridos de nuestro viaje -las canalizaciones del Hotel Hofdabrekka provienen directamente del subsuelo- no suele ser la mejor manera de comenzar el día. De todas maneras nos dispusimos a recuperar parte del recorrido que no hicimos ayer.
Comenzamos nuestra ruta por la carretera 1 en dirección oeste -al contrario de lo planeado- hasta el glaciar Myrdalsjokull. La carretera 1 es LA carretera. Da toda a la vuelta a la isla, y es la única que puede recorrerse con cierta seguridad durante los meses de invierno, a pesar que un 30% de la misma está sin asfaltar. El glaciar Myrdalsjokull no es ni de largo tan grande como el enorme Vatnajokull, pero la proximidad de los hielos perpetuos, visibles desde la carretera, nos hicieron desviar.  Unos 5 kilómetros de retorcida pista de tierra nos hicieron derrapar en varias ocasiones hasta un improvisado parking situado en un valle pedregoso a pocos cientos de metros de la lengua del glaciar. Allí había una furgoneta donde podías alquilar crampones y piolets -y un guía- para realizar excursiones por encima del hielo. Pensamos que esta actividad quizá sería mejor  hacerla cuando visitemos el Vatnajokull, y por tanto nos dimos la vuelta después de tomar algunas fotos.
La siguiente parada fue un poco más adelante, en Skogarfoss, quizá una de las más bellas cataratas de Islandia por su forma y sus proporciones. A estas alturas de la narración, el lector avezado se habrá dado cuenta que todas las cataratas en Islandia acaban en “foss”, que obviamente significa “catarata”. De la misma manera “jokull” significa glaciar y “fjord” fiordo. Con estas tres palabras casi te puedes desenvolver descifrando la toponimia islandesa.
Skogarfoss se mostraba imponente. El escalón de más de 70 metros que salvaba el agua estaba completamente tapizado de verde, de la misma manera que Seljalanfoss, la catarata que visitamos ayer. Si Seljalanfoss puedes visitarla “por dentro”, en Skogarfoss  lo  puedes hacer “desde arriba”, ya que puedes ascender hasta su cima por unas escaleras metálicas instaladas en uno de sus laterales. Desde lo más alto no se distingue mucho de la catarata, que cae justo desde tus pies, pero se pueden disfrutar de unas vistas alucinantes del recorrido del río que va serpenteando hacia el mar, que se encuentra a pocos kilómetros. Es muy recomendable pararse a media subida, ya que existe un pequeño sendero que te lleva muy cerca del frontal de la catarata, observándola en todo su esplendor, y además engalanada con un precioso arco iris.
Nuevamente en el coche pasamos de largo, aún en sentido oeste, la catarata Seljalandfoss que ya vimos ayer y su compañera más pequeña Glufrafoss, y continuamos hacia el valle de Thorsmork, una de los parajes naturales más preciados por los excursionistas. Desde allí puedes realizar infinidad de trekkings que te acercan al glaciar Myrdalsjokull desde el oeste. Pero para llegar hasta allí tienes que adentrarte en el lecho pedregoso del río, que se abre paso entre las montañas volcánicas formando el valle. La pista transita muchos kilómetros por el mismísimo río, que hay que cruzar innumerables veces. En muchas de ellas, el nivel del agua alcanzaba el parabrisas de nuestro Nissan Pathfinder!! En uno de estos vadeos, quizá el más largo y profundo, la recompensa era bien visible: llegar hasta un pequeño lago de aguas tranquilas donde desembocaba otra de las lenguas del glaciar. Azules intensos, blancos perfectos y una sensación de paz increíble. Pero para eso tenemos que cruzar el río. Temeroso al principio, me envalentoné al divisar otro 4x4 al otro lado. Estaba mejor preparado que el nuestro, y por ello que hubiera pasado antes que nosotros no nos daba garantía de éxito, pero nos podrían echar una mano si nos quedábamos atrapados en las frías aguas. Así que tomé una honda respiración y apreté el acelerador. El agua quería enfilarse por nuestro parabrisas, y miraba curiosa por las ventanillas laterales, pero no pudo entrar.  Una vez en la orilla contraria, orgullosos de nuestra hazaña, pudimos disfrutar aún con la adrenalina en nuestras venas de la magnífica visión del lago y el glaciar helado. 

Llegamos al camping que existe en Thorsmork tras unos 40 kilómetros y casi hora y media de camino. Desde allí salen trekkings que ascienden por las montañas para poder ver todo el valle en su conjunto, pero lo inestable del tiempo -no llovía pero había negros nubarrones sobre nuestras cabezas- hizo que nos diéramos la vuelta. Finalmente retornamos por el mismo camino, ya con un ritmo más alegre al vadear los ríos sabiéndonos superiores. Y ese fue el gran fallo. Nadie es superior a la Naturaleza, y nosotros comenzamos a aprender la lección. En uno de los vadeos, siguiendo las huellas de otros coches, varié ligeramente la trayectoria que había seguido en el camino de ida, pero sin disminuir mi ritmo. Noté cómo las piedras golpeaban los bajos del Pathfinder de una manera más acusada que en los vadeos anteriores. Pero confié en la robustez del 4x4 nipón y continuamos camino hasta la carretera principal, no sin dar algún que otro vistazo rápido al indicador de la temperatura del vehículo, por si encontraba algo anormal.

La siguiente parada nos llevaba nuevamente cerca de nuestro hotel, a los acantilados de Dyrholaey para el avistamiento de aves. Allí, en lo alto de la peña que se extendía a pocos metros del mar, mirando al horizonte formado por unos cuantos kilómetros de playas de arena volcánica negra completamente desiertas fui consciente del problema. Al comer nuestro habitual sandwich del mediodía me doy cuenta del desastre, de la gran mancha de aceite debajo de nuestro coche. No era un goteo, era casi un chorreo! Afortunadamente, tras la rápida inspección ocular, no veo ningún agujero visible, sino que toda la junta del cárter rezuma aceite por varios puntos. El golpe en las rocas del lecho del río de Thorsmork lo había desplazado hacia atrás, perdiendo así su estanqueidad. Abortamos rápidamente lo del avistamiento de pájaros, llamamos al teléfono de asistencia que nos habían dado al alquilar el coche y nos recomendaron dirigimos a Vík -a la postre, aunque tenga escasos 300 habitantes era el pueblo más grande de la zona- en busca de un taller de reparación de vehículos. A las afueras del pueblo encontramos, junto a una desierta gasolinera, el taller. 
- Hemos tenido un problema con el coche. ¿Nos podrían ayudar?- dije a un joven con mono de mecánico que arreglaba unas enormes ruedas de tractor en la puerta del taller. 


- Claro!, le echaré un vistazo-dijo. Tras meterse bajo el coche, puso mala cara, la misma que puse yo cuando vi el charco de aceite.

- He de consultarlo con el jefe. Un momento- dijo mientras desaparecía por la puerta del taller. Al poco rato un fornido islandés pelirrojo, de los de bigote vikingo se acercó al coche, saludó con un gruñido y se metió a observar los bajos del Pathfinder. Afortunadamente su cara inexpresiva no cambió al acabar de examinar el estropicio, lo que me daba alguna esperanza. Asintió ligeramente y habló en islandés con el joven. Nos arreglarían el coche!
Así, en poco más de una hora, y por unos 70€ nos repararon el cárter a golpe de maza, y nos lo sellaron nuevamente -ni me imagino intentar reparar el cárter en un taller español, seguramente nos hubieran dado cita para dos días después-. A eso de las 6 de la tarde y aún con muchas horas de luz por delante, retornamos a ver los pájaros en los acantilados de Dyrholaey.
Dyrholaey es una gran peña rocosa que se adentra en el océano formando un arco, un puente hacia ningún sitio. Tras pasar el faro, puedes seguir unos pequeños senderos hasta el mismo final de la peña, donde se concentran la mayoría de las aves. Frailecillos solamente vimos 4 o 5 a lo lejos, pero había multitud de gaviotas que planeaban majestuosamente sobre nuestras cabezas e incluso bajo nuestros pies, cuando nos acercábamos al borde de los acantilados.  Fue un momento de paz y de tranquilidad. El viento nos hacía imaginar que casi volábamos al lado de las gaviotas que salían desde arriba, desde abajo, desde cualquier rincón. Después de la tensión y la adrenalina de todo el día ese fue un buen momento. Acordamos buscar otro lugar más definido para observar los frailecillos y retornamos al hotel a disfrutar nuevamente de una cena buffet y reponer fuerzas después de los sobresaltos del día.



ACTUALIZACIÓN:

El volcán que ha entrado durante el mes de Marzo de 2010 en erupción, el Eyjafjallajökull se encuentra debajo del glaciar situado al sur deThorsmork, y del que cuelgan las lenguas de hielo que vimos durante la ruta hacia allí. De hecho Eyjafjallajökull es el nombre del propio glaciar.

ISLANDIA (4): DE GEYSERS, CATARATAS Y VOLCANES




Martes, 28/7/09: FLÚDIR - VÍK
El día se levantó con una ligera lluvia y bastante viento que acentuó bastante la sensación de frío. Tras un buen desayuno en el hotel, nos dirigimos al parking donde esperaba nuestro Pathfinder. El coche comenzaba a ser un miembro más de la expedición, no en vano pasamos muchas horas y muchas aventuras en él. Hoy, parte de nuestro plan era completar los otros dos lados del Triángulo de Oro. 
En primer lugar nos dirigimos a Geysir, famoso por alojar los surtidores de agua y vapor que dieron nombre mundial al fenómeno. Una media hora de camino, mayoritariamente por carretera asfaltada, nos acercó hasta el lugar. A las afueras de un apacible pueblo un par de casas bajas hacían de centro de interpretación y de museo. Lo primero que encuentras sorprendente es que el recinto está cercado por una pequeña valla de alambre, donde existe una pequeña puerta que no impediría el acceso a nadie que realmente quisiera entrar. Me imagino cuán fantasmagórico puede llegar a ser el surtidor en una noche cerrada. Justo al entrar descubres que el paso del tiempo no respeta la fama. Geysir es el nombre del surtidor más famoso de la historia, pero desde hace unos años está prácticamente mudo. Pasas por su lado solamente prestando atención a una piedra con su nombre grabado, como si de una lápida mortuoria se tratara. Ahora la fama y todo el protagonismo se lo lleva Strokkur, un surtidor vecino unas decenas de metros más abajo, no tan alto y poderoso como el viejo Geysir, pero también muy espectacular. 
Cuando alcanzamos la pequeña cuerda que te impide acercarte a la caldera de agua hirviente, un grupo de turistas ya estaba esperando la emanación de agua y vapor. La verdad es que la situación es un poco ridícula: una veintena de personas alrededor de una poza de agua caliente esperando cámara en mano para inmortalizar el evento. Y esperas y esperas sin saber muy bien qué va a pasar. Pero la primera vez que lo ves es simplemente espectacular. Strokkur despierta cada 5 a 10 minutos lanzando agua a 120ºC a unos 25 metros de altura. Nos cogió de sorpresa la primera vez, pero a fuerza de verlo durante un rato comienzas a apreciar ligeras señales que te indicaban cuándo se iba a producir el fenómeno, como quizá un aumento de los movimientos del agua, o algunas burbujas de ebullición en la superficie. 
El funcionamiento de estos surtidores es simple. No es más que un agujero formado por la erosión de agua superficial que se va colando por el resquebrajado subsuelo islandés hasta encontrar, decenas de metros más abajo, con una bolsa de magma caliente que hace hervir el agua. El vapor no tiene otro modo de salir a la superficie que por dicho agujero, impulsando todo el agua que tiene por encima hacia el exterior. Después de la erupción, comienza nuevamente el proceso: el agua vuelve a colarse por el agujero, y tardará unos minutos a volverse a calentar y volver a erupcionar.
Lo fotografiamos y plasmamos en vídeo hasta la saciedad y pude realizar una de las fotos que más me sorprendieron cuando la vi al preparar el viaje: cuando el vapor empuja al agua que tiene por encima, se forma una sorprendente burbuja azul de agua en la superficie del agujero. Unas certeras ráfagas con mi Nikon D300 la pudieron captar sin dificultad.
Continuaba lloviendo ligeramente pero aún así nos fuimos del lugar con una sonrisa en los labios, conscientes de haber visitado un fenómeno que, aunque no es exclusivo de Islandia, sí es precisamente en este lugar donde se hizo famoso. Ahora nos dirigiremos al tercer lado del Triángulo de Oro y otro plato fuerte del viaje: las grandiosas cataratas Gullfoss.
A pocos kilómetros de Geysir se encuentran quizá las cataratas más famosas de Islandia, y seguramente por eso fue el lugar donde encontramos más turistas. Llegas al parking y al bar que se encuentra a un lado de la carretera de acceso, y aún no puedes ver las cataratas, que se encuentran más abajo, en la falla que se encuentra próxima al complejo. Siguiendo el camino de madera que sale del bar, puedes optar por quedarte en lo alto de la falla para tener una visión panorámica de la catarata, o bajar por unas empinadas escaleras hacia el mismísimo salto de agua. El viento, que nos había respetado en la visita a los surtidores, no perdonó en Gullfoss. Era muy difícil mantener limpios los objetivos de las cámaras. La catarata es potente, muy ancha y con dos escalones, aunque no es especialmente alta. Bajando por las escaleras llegas a otro pequeño aparcamiento, donde existe una estatua en honor de Sigríður Tómasdóttir, hija del dueño de los terrenos donde se ubica la catarata, que amenazó a mediados del siglo pasado con tirarse por ella si se cumplían los planes de convertirla en una central eléctrica. Siguiendo el camino, se puede llegar hasta un saliente rocoso entre los dos escalones y casi tocar el agua que se precipita hacia el fondo del cañón en medio de un ruido ensordecedor.
Se nos hizo mediodía y ya comenzaba a ser consciente que no cumpliremos el plan de visitas previsto para hoy, pero lo podremos completar mañana, que tenemos un día más relajado. Así que nos dispusimos a recorrer un largo camino hacia el volcán Hekla, entre apacibles lagos rodeados de hierba y pistas de arena rojiza hasta que el volcán apareció nevado a nuestro frente con sus casi 1450 metros de altura. El Hekla es uno de los volcanes más activos de Europa, y su última erupción fue en el año 2000. Todo lo que hay a muchos kilómetros a su alrededor son campos y más campos de lava de las diferentes erupciones. Un indescriptible camino de ascenso por mares de lava nos llevó a un sendero donde otros coches ya habían parado -incluso algún otro 4x4- temerosos de  quedarse tirados a medio ascenso. Con el bloqueo de diferencial y el control de descenso activado pudimos llegar con el Nissan hasta casi la base del volcán, lugar donde se inician las excursiones a pie hasta lo alto de la montaña. Había dejado de llover, pero hacía bastante frío y viento. Fue allí donde nos preparamos el último almuerzo con las reservas de comida que llevábamos. Mañana tocará comprar más provisiones.
La bajada del volcán fue también espectacular, por paisajes absolutamente increíbles, con colores negros o grises, mares de diferentes tipos de lava que se extendían más allá del horizonte. Tras unos 50 km de pistas solitarias y algún que otro vadeo no excesivamente dificultoso, llegamos a las cataratas Seljalanfoss, una altísima cola de caballo de más de 70 metros de caída en unos verdes acantilados. Lo más sorprendente es que siguiendo un pequeño sendero puedes pasar por detrás de la columna de agua, en la oquedad formada por la erosión. Ni que decir tiene que es imprescindible proveerse de un chubasquero si no se quiere quedar calado hasta los huesos.
Como ya habíamos decidido anteriormente, dejamos diferentes lugares a visitar para el día siguiente y nos fuimos directamente a Vík -sí, y no es que hayamos vuelto a al pueblo de la comarca de Osona, ni tampoco es el lugar donde se fabrica el famoso bálsamo contra el catarro-. Recorrimos el pueblo de norte a sur y de este a oeste -no fue difícil, acabamos en 5 minutos- buscando el hotel Hofdabrekka. Una rápida consulta al GPS nos confirmó que el hotel no se encontraba en el núcleo urbano, sino a pocos kilómetros.  Sorprendentemente, el hotel era una granja rehabilitada, con pabellones alargados. Donde antaño durmieron pollos y gallinas, ahora lo haremos nosotros. Bastante gente en el hotel, incluso tuvimos que esperar para que nos dieran una mesa para cenar un buffet. No faltaría allí la sabrosísima carne de ballena, y es que en esta vida, no hay que dejar de probar nada. Retornando a nuestro pabellón reconvertido, vimos que frente a nuestra ventana existían unos cuantos jacuzzis al aire libre donde diversos huéspedes tomaban un baño caliente bajo la ligera llovizna que nos acompañó prácticamente todo el día. El fuerte olor a azufre que se desprendía de las bañeras me hizo desistir del remojón. Quizá mañana.